EE.UU., ¿Podemos hablar?
Por Ellis Cose

Por sus propios méritos y tomado en su contexto, se trataba de un hermoso relato de redención y reconciliación: una historia del paso de una mujer de la cólera a la compasión. Pero al final, se convirtió en algo infinitamente menos encantador: una señal de la estupidez de la cultura de las declaraciones, de los escollos de la hipersensibilidad racial, y, quizás más tristemente, de la dificultad -incluso, quizás de la imposibilidad - de tener un discurso público realmente franco acerca de la raza (en esta sociedad, en este momento). La mujer en el centro de la tormenta, Shirley Sherrod, era una olvidada empleada del Ministerio de Agricultura hasta que un fragmento publicado en un sitio web conservador parecía mostrarla admitiendo tener prejuicios contra los blancos.

Los presentadores de programas de entrevistas conservadores aullaron clamando sangre; Sherrod fue obligada a renunciar. (El tema se consideró tan urgente que se le ordenó hacerse a un lado y redactar su carta de renuncia desde su BlackBerry.) Entonces, cuando se mostró el video completo de su discurso, se Reveló que en lugar de discriminar a una pareja blanca, le había ayudado a salvar su granja. Sherrod fue abrumada con disculpas, se le ofreció un nuevo puesto en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, y recibió una llamada telefónica de siete minutos del presidente Obama. Mientras tanto, el público estadounidense se preguntaba cuál es la moraleja de este relato. Para empezar, se trata de la estupidez que se produce cuando la ideología reemplaza a la integridad periodística. Los periodistas legítimos extraen conclusiones a partir de los hechos. Los ideólogos que atacaron a Sherrod forzaron los hechos para adaptarlos a sus ideas preconcebidas.

Pero este estado de cosas en los medios estadounidenses tiene repercusiones más amplias e insidiosas, como afirma en un nuevo libro Charles Ogletree, uno de los catedráticos de la Facultad de Derecho de Harvard de Obama. The Presumption of Guilt (La presunción de culpabilidad) es una descripción exhaustiva de los eventos que produjeron el arresto de Henry Louis Gates, catedrático de Harvard, que inicialmente era sospechoso de entrar por la fuerza a una casa que resultó ser la suya. Después de que Obama criticó la policía de Cambridge, Mass., por actuar "estúpidamente", los comentaristas conservadores explotaron de rabia, acusando de racista al presidente mismo. La controversia posterior amenazaba con descarrilar el paquete de atención sanitaria de Obama. La Casa Blanca tranquilizó las cosas con una absurda "cumbre de la cerveza" entre Gates y el policía que lo arrestó. Lo que pudo haber sido una interesante discusión sobre la autoridad de la policía y la raza en Estados Unidos se redujo a un relato sobre dos hombres que podían haber sido amigos si tan sólo hubieran compartido una Bud Lite.

Ese incidente demostró lo difícil que es hablar de la raza, particularmente para el primer presidente negro de la nación. Con los expertos y activistas conservadores predispuestos a acusarlo de mimar a los negros, parecería mejor que Obama mantuviera la boca cerrada - y que los miembros de su gobierno hiciera todo lo posible para mostrar que no toleran en absoluto ningún prejuicio hacia ningún sector, negro o blanco.

Los conservadores se muestran recelosos de cualquier presidente demócrata. Pero la raza de Obama parece complicar las cosas - particularmente entre ciertos grupos. Una encuesta de The New York Times / CBS realizada entre seguidores del Partido del Té descubrió que 73 por ciento creía que Obama no "Comprendía las necesidades y los problemas" de las personas como ellas; 75 por ciento pensaba que él rechazaba "Los valores según los cuales la mayoría de los estadounidenses tratan de vivir." Y una mayoría pensaba que "Se habían exagerado" los problemas que enfrentan los negros. "Lo que molesta realmente a estas personas es la aceptación de que su lugar en la sociedad está en peligro, de que mañana estarán peor que como están hoy", dice Cesar Perales, presidente de LatinoJustice PRLDEF. Piensa que esta preocupación está arraigada no sólo en los problemas económicos de Estados Unidos, sino también en su transformación demográfica: "grandes cantidades de latinos, particularmente de piel más oscura, [están] llegando al país... [Y] tener un presidente negro empeora las cosas porque es una prueba para [muchos] estadounidenses de que su mundo ha cambiado". Teniendo en cuenta tales temores, cualquier muestra de simpatía por parte de Obama hacia las minorías puede ser ampliamente malinterpretada.

A la larga, pienso que la presidencia de Obama tendrá un impacto poderoso y positivo en las relaciones raciales. La presencia de un hombre de raza negra, reflexivo y competente al timón de la nación más fuerte del mundo no puede menos que cambiar las actitudes para bien. La ironía es que en esta área, como en ninguna otra, tiene prohibido usar su elocuencia. Para que pueda hablar sinceramente, en formas que realmente puedan contribuir al conocimiento intergrupal, debe arriesgarse a sufrir la ira de la derecha. A pesar de su lengua de platino, la contribución más importante de Obama para las relaciones raciales sin duda tendrá que ser lo que él es, no lo que él dice.


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