Cómo la crisis de seguridad se volvió política
Por Julián Andrade

Rodolfo Torre Cantú se levantó temprano el lunes 28 de junio. A las 10 de la mañana tenía que abordar un avión para viajar a Matamoros, uno de los puntos fronterizos más activos con los Estados Unidos,  desde  Ciudad Victoria, la capital de Tamaulipas. Por la tarde estaría en Valle Hermoso, una zona complicada por la presencia del crimen organizado. A Torre Cantú le sobraban motivos para estar contento. Las encuestas lo colocaban con una amplia ventaja para obtener la gubernatura de su estado y estaba a unos días de que todo concluyera, ya que la elección se realizaría el domingo.

Como candidato del PRI sabía que tenía enfrente seis años complicados, pero confiaba en su arrastre y en una mirada distinta, comprometida con lo social. Abordó su camioneta junto con Enrique de la Garza, su cuñado; su secretario particular y uno de sus principales operadores, Enrique Blackmor y con su secretario privado Pedro José Méndez. Atrás, en otro automóvil, lo seguían sus siete guardaespaldas. Minutos después, en la carretera, se toparon con un retén que parecía montado por la Armada de México. Segundos después, Torre Cantú, Blackmor y tres guardaespaldas estaban muertos. Se dispararon 120 tiros de distintos calibres y se abrió una profunda crisis de seguridad y de política en México.

Tamaulipas es un estado de emprendedores. La frontera con Estados Unidos les otorgó posibilidades de comercio que siempre se aprovecharon. Es, además, un estado petrolero. Ahí la presencia de Pemex, la empresa mexicana encargada del tema, es como una huella indeleble. Los gobiernos del PRI se han sucedido uno a otro sin competencia inquietante de las oposiciones. Pero Tamaulipas es también la zona de dos de los grupos criminales más mortíferos: El cártel del Golfo y Los Zetas. Osiel Cárdenas Guillén, quien se encuentra preso en EU, heredó el imperio de Juan García Abrego, y estableció uno de los corredores de drogas más funcionales a lo largo de la costa del Golfo. También logró reclutar a un grupo de militares mexicanos de élite. La Secretaría de la Defensa formó batallones especializados en el combate al narcotráfico y 30 de sus miembros desertaron para ingresar al crimen organizado.

Son Los Zetas, que surgieron como grupo de custodia del propio Cárdenas y con el tiempo se transformaron en sicarios y en un cártel con autonomía propia liderado por Heriberto Lazcano, “El Lazca”. Esta alianza mantuvo a Tamaulipas con una tranquilidad extraña, donde privaron las amenazas y las extorsiones. Hace unos meses el grupo se dividió y la violencia escaló a niveles hasta ahora no conocidos. El cártel del Golfo y Los Zetas ahora disputan el control del estado, según reportes de la Secretaría de Seguridad Pública y de la Procuraduría general de la República. Pero la Pax narca que impusieron estos grupos distó mucho de ser tranquila. Un ejemplo. Los diarios locales dejaron, en su gran mayoría, de cubrir el tema del narcotráfico. Desde hace unos tres años, por lo menos, los que se atrevían a escribir sobre el tema, lo hacían sin firmar sus notas. Hace unos meses, un reportero y un camarógrafo del grupo Milenio, uno de los más importantes en el país, fueron secuestrados por algunas horas y se les advirtió que tenían que abandonar Reynosa, otra de las ciudades con problemas de violencia. “No calienten la plaza”, les advirtieron a los periodistas. En mayo, el candidato panista a la alcaldía de Valle Hermoso, Mario Guajardo, fue asesinado junto a su hijo en una ejecución que tuvo todos los rasgos de las que realiza el crimen organizado.

En ese contexto murió el candidato priista Torre Cantú. Un dato que revela la zozobra con la que se vive en el estado es la decisión de Julián Sacramento, el candidato del PAN, el partido del presidente Felipe Calderón, que decidió sacar a su familia del estado y mandara a vivir a Texas, porque en Tamaulipas “no hay condiciones de seguridad y no tengo porque arriesgar a los míos”. De acuerdo con observadores de la política mexicana, la muerte de Torre Cantú es el hecho criminal “más importante” desde el asesinato del candidato presidencial, también del PRI, Luis Donaldo Colosio en 1994. Hay, sin embrago, un componente mucho más inquietante en lo que ocurrió en Tamaulipas, ya que Colosio murió por la acción de un asesino solitario, como establecieron las investigaciones de la PGR y ahora se trata de un ataque directo del crimen organizado para afectar el resultado de una elección. El diario La Razón de la Ciudad de México cabeceó: “El narcotráfico decidió a quién no quiere de gobernador”. En los hechos se mató a un gobernador, porque nadie dudaba del triunfo de Torre Cantú, las discusiones se centraban en el margen que lograría y en cómo ello podría o no cambiar la geografía electoral del estado. Nadie sabe cuál fue el grupo que perpetró el ataque, pero nadie duda que se ve la mano de los narcotraficantes. La autoría, en todo caso, no es lo más importante, sino las concias de un hecho del que no se tenía precedente.


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