El eslabón más débil
Por Richard N. Haass

Incluso si las elecciones del 7 de marzo en Irak se dan sin un boicot de los votantes o gran violencia, es probable que formar un gobierno nuevo re quiera de meses de dura labor. Hacerlo que funcione será aun más difícil. Otrora el país más poderoso del mundo árabe, Irak ahora es todo menos eso. Cierto, incluso un ardiente opositor a la guerra tendría que aceptar que Irak ha evolucionado tras ser el estado autoritario que fue con Saddam y el estado fallido en que se convirtió después de su derrocamiento. La violencia ha disminuido. La economía está creciendo.

La política en las vísperas de la elección ha sido intensa. Pero es claro que el país aún es frágil. Persisten profundas líneas de fractura, la más notable entre kurdos y árabes, pero también entre la minoría suní —en la que no todos aceptan su posición disminuida— y la mayoría chiita, quienes aún tienen que abrazar el dictado de Winston Churchill: “En la victoria: magnanimidad”. No hay un consenso nacional sobre cómo compartir los ingresos petroleros. Los vecinos como Irán se entrometen a voluntad. Es imposible escapar de la ironía. Una de las razones principales para la Guerra de Irak fue crear una democracia modelo que otros países árabes serían obligados a emular. Irak se ha vuelto un modelo, cierto, pero de un tipo diferente: es el epítome de un estado débil, uno que no puede defenderse a sí mismo, mantener la paz interna, o lidiar con muchos de sus retos más apremiantes sin ayuda externa. Como tal, es un heraldo del tipo de reto a la seguridad nacional que Estados Unidos enfrentará este siglo.

Que nos debamos cuidar tanto de los estados débiles marca un gran cambio. Mucho en la historia del siglo XXI se suscitó por acciones de estados fuertes: los intentos de Alemania, Japón y, en la segunda mitad del siglo, la Unión Soviética de establecer una primacía global, y los esfuerzos correspondientes de Estados Unidos y una coalición cambiante de socios para resistirlos. Estas luchas produjeron dos guerras mundiales y una Guerra Fría. En el siglo XXI, la principal amenaza al orden global no será la ambición de dominar por alguna gran potencia. Para empezar, las grandes potencias de hoy día no son tan grandes: Rusia tiene una economía unidimensional y renguea a causa de la corrupción y una población decreciente; China está restringida por su enorme población y un sistema político inestable en su base. Igual de importante, China y las otras potencias grandes o en ascenso buscan menos derrocar el orden global existente que forjarlo. Están más interesadas en la integración que en la revolución.

Más bien, el reto central lo presentarán estados débiles: Pakistán, Afganistán, Yemen, Somalia, Haití, México y otros. Lo que tienen en común (además del hecho de que muchos, como Irak, se ubican en el gran Oriente Medio) son gobiernos que carecen de la capacidad, la voluntad, o ambas, para gobernar. Son incapaces de ejercer lo que se espera de gobiernos soberanos: a saber, un control sobre lo que sucede dentro de su territorio.

En el pasado, esto hubiera sido principalmente una preocupación humanitaria. Pero como todos sabemos, gracias a la globalización, la gente y las cosas viajan. Los terroristas, las enfermedades, los inmigrantes ilegales, las armas de destrucción masiva: para todos ellos, las fronteras internacionales a menudo son poco más que formalidades.

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