La nueva guerra de las Malvinas
Por Molly O’Toole

Se ha reactivado la disputa que derivara en la improbable guerra por las islas Malvinas en 1982, pero esta vez es muy posible que el resultado no favorezca a los británicos. La Guerra de las Malvinas estalló cuando un agonizante dictador miliar argentino trató de reactivar su popularidad enviando tropas para apropiarse de las islas que Argentina reclama como territorio nacional, y el conflicto terminó cuando Margaret Thatcher mandó a la Real Armada británica para recuperar las casi despobladas rocas y rescatar a los pastores británicos que vivían en ellas.

En aquellos días, la popularidad de Thatcher se disparó por los cielos, pero ahora que se ha descubierto petróleo frente a las costas de las Malvinas, el envío de una enorme plataforma petrolera británica ha provocado protestas unánimes en un continente donde la democracia ha desplazado a la dictadura en casi todas las naciones, incluida Argentina. Aunque Gran Bretaña encuentre lo que está buscando (hasta 60 mil millones de barriles de crudo), tiene que darse cuenta de que está dañando su reputación histórica.

Ninguno de los frentes amenaza con tomar las armas, pero la lucha por la conmiseración global pinta mal para los británicos. El triunfo de Thatcher en la breve contienda (255 británicos muertos contra 649 argentinos) provocó un sólido apoyo por parte de Ronald Reagan y apenas unas leves críticas en América Latina (el líder argentino, Leopoldo Galtieri, no era muy popular), todo lo cual condujo a una atronadora victoria reelectoral en 1983 que, en muchos sentidos, coronó el resurgimiento global de Gran Bretaña durante la era Thatcher. Pero ahora, bajo el desangelado premier Gordon Brown, quien dirige a un país en decadencia económica, la búsqueda de petróleo en las Malvinas resulta un tanto desesperada –sobre todo cuando sus amigos especiales de Washington no están dispuestos a respaldar a Brown. Lejos de sumarse a la causa del primer ministro, la presidencia Obama se ha declarado neutral en la disputa y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se ha ofrecido como mediadora. Gran Bretaña rechazó la oferta y la prensa nacional atacó a la Clinton por entregar a los argentinos un “golpe propagandístico”. Sin embargo, para entonces, los británicos estaban solos y habían perdido contacto con la realidad. Los líderes latinoamericanos que denunciaron el prepotente imperialismo británico incluyeron desde el cínico venezolano Hugo Chávez hasta Luiz Inácio Lula da Silva, el moderado que transformó Brasil en la China latinoamericana –una superpotencia económica emergente a la que Gran Bretaña no puede darse el lujo de insultar.

Entre tanto, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner comienza a perfilarse como la nueva Dama de Hierro del actual drama. Antes de la disputa, Kirchner comenzaba a perder popularidad debido al estancamiento económico del país, pero ahora ciertamente tiene un “golpe propagandístico” a su favor –entregado nada menos que por los propios británicos. Alrededor de 80 por ciento de los paisanos de Kirchner consideran que las islas son territorio argentino, de modo que la mandataria está ejerciendo toda la presión posible. En febrero, Argentina respondió al proyecto de perforación británico deteniendo un buque que, según Buenos Aires, transportaba herramientas para una exploración ulterior y anunciando que cualquier navío que cruce las aguas territoriales argentinas deberá obtener un permiso.

Londres rechazó el decreto, pero Kirchner ha conseguido numerosos aliados. Hace dos semanas, durante la cumbre del Grupo Río, apeló a los 32 países latinoamericanos y del Caribe que integran el organismo y obtuvo un apoyo unánime para su causa –incluyendo el voto de Chile que, de manera disimulada, apoyó a Gran Bretaña en la disputa de la década de 1980. Unos días después, el ministro del exterior argentino, Jorge Taiana, presentó este apoyo del boque latinoamericano al secretario general de Naciones Unidas, Ban-ki Moon, exigiendo que la organización condenara las acciones británicas como una violación de numerosas resoluciones y presionara a Brown para sentarse a negociar.

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