De inicio, lo más impactante es el parecido: un cuerpo robusto y regordetas mejillas; ojos negros y profundos; papada. De hecho, si Sebastián Marroquín se dejara el bigote, sería el vivo retrato del narcotraficante más famoso de la historia: su padre, Pablo Escobar. Conocí a Marroquín (quien renunciara al nombre de Juan Pablo Escobar tras escapar de Colombia a raíz de la muerte de su padre) en Buenos Aires minutos antes de una proyección privada de “Pecados de mi padre”, documental que relata su viaje de reconciliación con los hijos de algunas de las víctimas más famosas de Escobar. Fue la primera vez que alguien—incluidos Marroquín y el director, Nicolás Entel— vería la versión final de la película antes de su estreno, la semana pasada, en el Festival Internacional de Cine Mar del Plata, Argentina.
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Sentado con Marroquín en el teatro vacío, pude percibir su inquietud. Luego de 16 años tratando de distanciarse del brutal legado de su progenitor, estaba a punto de volver a exhibirlo a la luz pública. “Esta película me causa más incertidumbre que temor”, dice en la penumbra.
Y su historia es impresionante. Luego que Pablo Escobar muriera en una lluvia de balas en Medellín, en 1993, el joven Juan Pablo, entonces de 16 años, huyó con su madre y hermana a Ecuador dando, así, inicio a una larga serie de reubicaciones que les llevaron por toda Sudamérica y África hasta terminar en Argentina, donde Escobar cambió de nombre y se hizo arquitecto.
Ahora que ha dado comienzo el frenesí mediático internacional, Marroquín reconoce que ha terminado el anonimato de su vida. El estreno de la cinta en Colombia, el 10 de diciembre, marcará un hito cultural; se han ordenado 30 copias, algo sin precedentes para una película documental. “No creo que alguien esté nunca preparado para algo así”, continúa Marroquín. “Mi única finalidad es hacer de esta cinta un mensaje de paz”.
Docenas de cineastas abordaron al arquitecto de 32 años para que relatara su historia, pero él se negó pensando que sólo enaltecería y explotaría la imagen de su padre. Luego, en 2005, conoció a Entel, quien sugirió un enfoque muy novedoso: reunir a Marroquín con los hijos del finado secretario de justicia colombiano, Rodrigo Lara Bonilla y el también difunto candidato presidencial Luis Carlos Galán, ambos ejecutados por orden de Escobar cuando trataron de confrontar su cártel de cocaína.
“Mi intención era relatar la historia desde el punto de vista de los hijos y a Sebastián le gustó el proyecto”, informa Entel, de 34 años. “Mi motivación fue que, él, Sebastián, los hijos de Lara y Galán, y yo tenemos más o menos la misma edad y me pareció que encontraríamos la manera de ‘conectarnos’ debido a nuestras semejanzas culturales, de valores y experiencias”.
Los 90 minutos de “Pecados de mi padre” son cautivadores. La cinta combina videos caseros y fotos inéditas de los Escobar con viejos cortos noticiosos y nuevos videos de Sebastián y su madre, María Isabel Santos. Hay instantáneas de tiernos momentos familiares (Pablo y su joven hijo en la Casa Blanca y Disney World) entreverados con imágenes de los Escobar durante retiros temporales en Panamá y Nicaragua, entonces devastada por la guerra, así como de la familia buscando asilo en EE UU y Alemania en 1993.
Todos estos elementos presentan una cruda narrativa de la violencia colombiana en las décadas de 1980 y 1990, además del conmovedor retrato de un joven en conflicto cuya existencia estaba regida por la implacable ley de su padre.
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