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Cuando se trata de cualquier asunto relacionado con el islam, el presidente Obama tiene una ventaja y una desventaja. La ventaja es que es visto como simpatizante de los musulmanes. La desventaja es que es visto como simpatizante de ellos.
Con un nombre musulmán, un origen musulmán africano por parte de su padre, y la experiencia de vivir en Indonesia durante una parte de su infancia, Obama comprende el islam mejor que los presidentes anteriores. Esto le da una oportunidad, que él ha aprovechado, para tratar de distender la hostilidad musulmana y tratar de establecer una relación menos ríspida con las naciones árabes.
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Pero 11 por ciento del público sigue creyendo que el Presidente mismo es musulmán. Aunque esto es falso y recuerda la pregunta que hizo Colin Powell —¿y qué si lo fuera?— la herencia de Obama alimenta la sospecha amplia de que se muestra demasiado despreocupado respecto de la amenaza de los enemigos islamistas de EE UU.
El desafío de Obama siempre ha consistido en beneficiarse de su relación especial con el islam, al tiempo que controla los peligros políticos que éste provoca. Con el caos homicida provocado por el Mayor Nidal Malik Hasan en Fort Hood, ese acto de equilibrismo se ha vuelto más difícil. Hasta ahora, el Presidente ha pedido principalmente la conciliación.
En su primera entrevista oficial como presidente, con la red de noticias árabe Al Arabiya, Obama dijo: “Mi trabajo con el mundo musulmán es comunicar que los estadounidenses no somos sus enemigos”. Posteriormente, abundó sobre el tema a en su discurso pronunciado en junio en la Universidad de El Cairo, cuando pidió “un nuevo principio entre EE UU y los musulmanes de todo el mundo”. Con la reducción del índice de estadounidenses muertos en Irak y la disminución del factor de miedo en el país, tales opiniones fueron razonablemente bien recibidas en EE UU.
Pero el contexto del acercamiento islámico de Obama estaba cambiando incluso antes del incidente en Fort Hood. Las bajas estadounidenses en Afganistán han aumentado a más del doble durante el último año. En los meses anteriores, los funcionarios también han descubierto un brote de planes terroristas en el territorio estadounidense.
Entre dichos planes se encuentra el de cuatro hombres acusados por planear atacar sinagogas y derribar aviones militares en Newburgh, N.Y.; el de un hombre afgano acusado de fabricar bombas en Colorado; el supuesto intento de un adolescente jordano de volar un rascacielos de 60 pisos en Dallas; y la supuesta conspiración de un hombre del área de Boston de atacar un centro comercial. La estrategia de paz de Obama podría hacer que EE UU fuera más seguro a largo plazo. En el corto plazo, no hay pruebas empíricas de que lo haya logrado.
Con la masacre de Texas, Obama enfrenta algo que George W. Bush no enfrentó en los años posteriores al 11 de septiembre —no sólo un enorme acto de terrorismo nacional, sino uno perpetrado desde el interior de nuestros instrumentos de seguridad. Incluso como la acción de una sola persona enloquecida que actuó por su cuenta, el incidente de Fort Hood pone en riesgo la premisa de Obama de que una mayor simpatía hacia el islam es una estrategia viable para contrarrestar la amenaza islamista.
Si se hubieran pasado por alto las señales de alarma producidas por Hasan, el deseo de evitar aparecer prejuicioso o injusto hacia los musulmanes podría haber sido parcialmente culpable. Y esto señala la desventaja musulmana de Obama. Casi inmediatamente después del tiroteo, enfrentó nuevas acusaciones de no haber tomado lo suficientemente en serio la amenaza que representa el islamismo radical para la seguridad estadounidense —en EE UU o en Afganistán.
En su ingenioso elogio pronunciado el 10 de noviembre en las exequias de Fort Hood, Obama logró encontrar un equilibrio entre la presión para mostrar fuerza y su enfoque conciliador.
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